lunes, 4 de diciembre de 2017

Mientras duermes, ha sucedido el mundo





“Para asombrarse, el hombre debe despertar” 
(Ludwig Wittgenstein)



El investigador canadiense conectaba su portátil, agradecía la entrega de los legajos solicitados y, de golpe, su cabeza se derrumbaba sobre el teclado del ordenador. El bibliotecario desenchufaba con sigilo el aparato y se alejaba. Al cabo de las horas, ya oscurecido y cuando todos nos disponíamos a abandonar la biblioteca de investigadores, hacíamos un poco de ruido para que se despertase. Abría los ojos, se los frotaba, lanzaba primero una mirada incrédula a su alrededor y, después, otra amorosa a los legajos que esa tarde tampoco había consultado. Los bibliotecarios y todos los investigadores sentíamos una gran simpatía por el canadiense, cuyo sueño velábamos.

Henri Matisse, El sueño


Franz Marc, Perro dormido sobre la nieve

Se duerme mucho en el arte y en la literatura. Duermen dioses, animales, dormimos los hombres. ¿Los hombres? ¿Y los sueños? ¿Qué hacemos con los sueños? Si os parece bien, vamos a dejarlos aparte porque, como ya nos recordó Calderón, sueños son.


Édouard Vuillard, En la cama

Édouard Vuillard, Sueño
Son múltiples las categorías de los sueños, así como su plasmación artística y literaria: proféticos, inspiradores, alegóricos, burlones, terroríficos, divertidos, burocráticos, absurdos, eróticos, musicales, de colores, con escaleras, cinematográficos, de los de perder el hilo, de vuelos o caídas, de memoria, de olor, de despertar y soñar que se soñaba… “Del sueño tiene su nacimiento”, nos dice María Zambrano sobre la pintura. Y Borges lo amplía a todas las artes, que “son acaso una forma de sueño”. Sobre sueños hablé un poco aquí: Recuerdos, sueños y apariciones. Hablaré de nuevo de ellos en otro momento o, quizás, soñaré que lo hago. ¿Quién sabe?


Pablo Ruiz Picasso, Mujer dormida


Giorgione, Venus dormida

Fuera sueños, por lo tanto, aunque no podremos evitar que alguno de ellos se cuele para acompañar a los durmientes. Tampoco quiero que nos detengamos aún en las habitaciones: tened un poco de paciencia, porque ya llegaremos a ellas otro día, cuando la luz del sol o la de la luna las ilumine. Nos quedamos, ahora, con ese simple dormir que acaso nos convierte… en dioses, aunque en dioses dormidos. Eso es, por lo menos, lo que nos dice Amado Nervo: el “que duerme es un dios”. Hombres dioses en el dormir y dioses dormidos como hombres: ¡mejor así, porque un dios despierto puede llegar a ser muy revoltoso!


Sandro Botticelli, Venus y Marte, detalle

Duermen dioses y aquellos amados por los dioses, como Endimión, cuya vida quiso eterna Selene. Él vivió para siempre durmiendo, sumido en un “sueño lleno de dulces sueños”, como escribió John Keats.

Anne-Louis Girodet, Sueño de Endimión, detalle


Franz Marc, Gato sobre cojín amarillo

Es bello y, a menudo, divertido, eso de ver cómo duermen dioses, humanos, animales. Sí, hay algo conmovedor y a veces un poco cómico en nuestro abandono. Hay, también, un misterio, sobre todo si nos atenemos a ese dormir del animal. ¿Nunca os habéis preguntado con qué sueñan los perros, con qué sueñan los gatos?  Imagino que con presas palpitantes, con juegos y carreras, con la leche materna, con una lengua rasposa que acaricia y limpia. Tal vez sueñan el mundo y lo transforman. Quién sabe si nos sueñan. Sí, cuando les veo dormir, pienso que son ellos los que, con su sueño, crean el mundo y a nosotros en él. Dormid, dormid, soñadnos, no vaya a ser que se desvanezcan la montaña, los árboles, el mar, el cielo, no sea que se despinten las ternuras y los juegos, no sea que nos desdibujemos.

Andrew Wyeth, Perro dormido

Franz Marc, Gato detrás de un árbol


Gislebertus, El sueño de los Reyes Magos
Dormir de uno en uno, de dos en dos o, como las simpáticas figuras que Gislebertus dejó acostadas en uno de los capiteles de la catedral de Autun, de tres en tres. Bueno, realmente, el número de durmientes no importa: ahí están algunas enormes camas altomedievales en las que llegaba a acostarse toda la familia, perros incluidos. 
Henri de Toulouse-Lautrec, La cama
Ya entre nosotros, podemos evocar el sueño común en los dormitorios compartidos -sobre todo, de niños y aun de jóvenes-, el júbilo cuando hallábamos literas, las risas y las bromas que precedían al sueño. También, cómo no, nos acordamos de los sacos de dormir y las tiendas de campaña en las que, a veces, acabábamos encajonados como sardinas en su lata. En todos esos casos, en todos, recuerdo aún con gratitud que siempre alguien me contaba un cuento: sí, me lo contaba porque yo ponía mi cara de pedir que me contasen un cuento… ¡y funcionaba! Bien, de acuerdo, lo reconozco: aún funciona… ¡y espero que siga siendo así hasta el final!

Glenn Brady, En la cama


Vittore Carpaccio, El sueño de Santa Úrsula
La cama es un buen invento. Su forma básica es la misma que se utilizaba ya en Asiria y Egipto: podríamos dormir en ellas un sueño de siglos. No siempre, sin embargo, ha habido ni hay camas en todos los hogares. Se puede dormir sobre un tapiz extendido en el suelo o utilizar, como soporte para el sueño, un banco adosado a la pared. ¿Y qué me decís de las camas con baldaquino, conocidas ya en las antiguas civilizaciones? Acostarnos en una cama con dosel nos hace presagiar un lujo de sueños, aunque, al final, volvemos a los sueños que sueños son, sea cual sea el lugar que acoja nuestros cuerpos.

Frida Kahlo, El sueño

Alexei Jawlensky, Chica acostada

¿Podemos olvidar los dulces sueños del sofá, con el libro -¡también la gata!- dormidos sobre el cuerpo?  ¿O las siestas que nos atrapan en un cómodo sillón?

James McNeill Whistler, Nota en rojo. La siesta

Robert Bereny, Hombre dormido en un sillón

Pablo Ruiz Picasso, El sueño

Piero della Francesca, Resurrección, detalle
Son variopintas las posturas que adoptamos en el sueño. En mi caso, ya os he contado que, dormida, me empeño en retorcer salomónicamente brazos y piernas, lo cual me obliga a desenroscarme antes de levantarme por la mañana. Pero eso solo ocurre en la cama: en el sofá soy durmiente inmóvil. Bueno, no tanto, porque a menudo despierto con una pierna encaramada al respaldo. ¿Y vosotros? ¿Cómo dormís? ¿Tenéis alguna postura favorita?

Robert Bereny, Mujer dormida

Adolph von Menzel, Emily Menzel dormida

Lucien Freud, Annabel dormida
Ya sabéis que Alfonsina Storni se despidió de la poesía y, al poco, de la vida, con el poema del que forman parte estos versos:

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera,
una constelación, la que te guste

También Pedro Salinas nos habla de un adiós que, sin embargo, concluye en el reencuentro del despertar:
El sueño es una larga
despedida de ti.
¡Qué gran vida contigo,
en pie, alerta en el sueño!
¡Dormir el mundo, el sol,
las hormigas, las horas,
todo, todo dormido,
en el sueño que duermo!
 

Henri Matisse, El sueño

Francisco de Goya, El sueño
Soy mi cuerpo. Y mi cuerpo está triste, está cansado. Me dispongo a dormir una semana, un mes; no me hablen.
Que cuando abra los ojos hayan crecido los niños y todas las cosas sonrían.
(Jaime Sabines)


Pablo Ruiz Picasso, El sueño

Mientras duermes
ha sucedido el mundo
 
Pablo Ruiz Picasso, Mujer con el cabello rubio

  

 

domingo, 5 de noviembre de 2017

Frederick Childe Hassam y el enigma de la luna





“Mirad, han puesto un toldo rojo”, dije. Lo observé mejor: “el toldo se mueve”. No era un toldo: era fuego. Llegaron los bomberos e hicieron que todos los vecinos evacuáramos el edificio. Yo era muy pequeña, mucho más pequeña que Frederick cuando vio cómo el fuego arrasaba el mundo de comodidades en el que se había criado. Él tenía trece años cuando un gran incendio destruyó gran parte de la zona comercial de Boston, donde se hallaba el negocio familiar. Atrás quedaron las colecciones de arte y antigüedades de su padre, los hermosos muebles, la vida sin complicaciones, los estudios que el muchacho se vio obligado a interrumpir para ponerse a trabajar. El fuego lo cambia todo. Aunque no será el fuego el protagonista de las obras de Frederick Childe Hassam, sino, en muchos casos, el agua.


Frederick Childe Hassam, Noche de lluvia
Frederick Childe Hassam, Islas de Shaols



Frederick Childe Hassam, Noche de lluvia

El agua del mar, por ejemplo, pero también la de una lluvia que nos habla del interés de Childe Hassam por el impresionismo, movimiento del que se le considera pionero en Estados Unidos junto a Mary Cassatt y John Henry Twachtman. Una lluvia que empapa con frecuencia los paisajes urbanos de Childe Hassam y arranca destellos del asfalto sobre el que brotan los paraguas. La bella lluvia azul de las noches azules.



Frederick Childe Hassam, Noche de lluvia

La niebla, la nieve, ocupan también el espacio de los lienzos del artista. Fijaos en estas grandes manchas oscuras que configuran los volúmenes de los cuerpos y los paraguas azotados por la nieve:


Frederick Childe Hassam, Tormenta de nieve en Nueva York


Frederick Childe Hassam, Islas Shoals

Frederick viajó a Europa en varias ocasiones. Visitó Francia, Reino Unido, España, Italia, Suiza, los Países Bajos. Bebió con avidez cada una de las pinceladas de Turner, Caillebotte, Degas, Monet. En su segundo viaje a Europa, en 1886, permaneció durante tres años en París, donde asistió a las clases de la Académie Julien. Antes de regresar a Estados Unidos pasó unos meses en Inglaterra. Después se instaló durante quince años en Appledore, en las islas Shoals. 


Frederick Childe Hassam, Playa rocosa en Appledore

Frederick Childe Hassam, Viento del oeste. Appledore
Nuevos viajes le condujeron a Cuba, a Inglaterra, a Francia, a Italia. Pero el viaje que más me interesa es, una vez más, el del despojamiento. No se trata de un viaje progresivo, sino de una tendencia que se advierte en su obra y que convive con otras sin problema alguno. Mirad, por ejemplo, estas dos obras:


Frederick Childe Hassam, Amanecer en verano

Frederick Childe Hassam, Estrella vespertina

Frederick Childe Hassam, Paisaje de Oregón
Estos cuadros fueron pintados entre 1891 y 1892. ¿No os sorprenden un poco las fechas? Pero son varias las obras de este artista en las que se aprecia esa maravillosa simplicidad, ese ceñirse a lo esencial, despojado de detalles, de adornos innecesarios. La desnudez, siempre la desnudez.

Frederick Childe Hassam, Noche de luna


Frederick Childe Hassam, Tarde

Mirad el aspecto, casi oriental, de este sencillo paisaje. Apenas unas manchas de color y unas líneas crean el mundo. No hace falta más.


Frederick Childe Hassam, La mañana

Aunque la pintura incorpore otros elementos, no podemos decir que la voz se haga más compleja, más confusa.


Frederick Childe Hassam, Monte Hood

Frederick Childe Hassam, Cotysville

Frederick Childe Hassam, Paisaje de Harney


Frederick Childe Hassam, Gloucester

Pero esta no es la única voz del artista: a través de sus obras nos habla con muchas otras voces. Algunas de ellas son muy interesantes; otras, en mi opinión, son más fáciles, más “bonitas”, más comerciales. 

Como este rincón es el único lugar del mundo donde puedo decidir (hasta cierto punto, tampoco hay que exagerar), he optado por “hacer hablar” a aquellas obras que más me atraen. Por ejemplo, las que nos muestran los pasos solitarios de un hombre en Gloucester, la vista frontal de unos pequeños comercios, las figuras oscuras de los viandantes en una tarde de invierno, una casa a la luz de la luna.



Frederick Childe Hassam, Tiendas

Frederick Childe Hassam, Tarde de invierno

Frederick Childe Hassam, La vieja casa

 

Frederick Childe Hassam, Nueva York
También son muy interesantes, en mi opinión, las bulliciosas vistas urbanas de Nueva York, en cuya Quinta Avenida instaló su estudio, o sus series dedicadas a las banderas.



Frederick Childe Hassam, La Quinta Avenida



Frederick Childe Hassam, Día de lluvia en la Quinta Avenida


Se dijo de Childe Hassam que era un hombre muy inteligente: también un artista muy hábil para comercializar su obra. Parece ser que no hay ningún enigma en su vida, ¿no os parece? ¿Ninguno? ¿Estamos seguros? 

Veréis: en 1884, Frederick comenzó a firmar sus obras como Childe Hassam, e introdujo junto a su nombre una especie de media luna, aunque en una de las imágenes que os muestro parece más bien un pececillo. Se ignora por qué a partir de esa fecha acompañó su rúbrica con este pequeño símbolo. ¿Se os ocurre alguna idea?